Nuestros abuelos tienen mucho que contar, y hace falta quien lo escriba para que al menos en papel quede el recuerdo; nuestra generación, con su alto dinamismo, solapa muy rápidamente el legado histórico que nos dejan nuestros antepasados más recientes.
En mis últimas lecturas, descubro "Testimonios de la Niebla", de Antonio Trujillo (editorial Casa Nacional de las letras Andrés Bello), una recopilación muy bien lograda de relatos vívidos pero con la agradable dosis de leyenda alrededor de algunos personajes, de la región montañosa del estado Miranda.
Una buena parte de los 23 cronistas que el autor entrevistó coinciden en la existencia de un supervillano accidental conocido como Cabullita, nombre que proviene de su apellido Cabulla (de allí que no sea Cabuya, como se escribe correctamente), quien vivió en la primera mitad del siglo 20.
El personaje célebre en aquellas alturas tenía la facultad de atrapar los balazos con su sombrero, que lo salva de una persecusión policial, producto de una aparente injusticia contra él. Finalmente se entrega y es enviado a la cárcel de Los Teques. El Benemérito, informado de tales hazañas, se entrevista con él, interesado en su sombrero, pero descubre que dicho sombrero solo funciona en manos de Cabullita.
Cabullita logra salir en libertad porque explica los hechos que lo convirtieron en prófugo, y Gómez, al saber que el infortunado es agricultor, lo perdona de inmediato.

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